La enfermedad de Alzheimer se ha
convertido en los últimos años en uno
de los más importantes problemas de salud
en países desarrollados, junto con las
enfermedades cardiovasculares y el cáncer.
El nivel de concienciación social sobre
esta enfermedad ha crecido notablemente
en la última década por su trascendencia
económica y sociosanitaria,
con lo cual la mayoría de los Estados de
la Unión Europea están desarrollando
programas nacionales y multiestado para
su abordaje global.
Como problema de
salud pública el Alzheimer debe ser contemplado
a 4 niveles: (a) el nivel del paciente
que sufre la enfermedad; (b) el nivel
de la familia que tiene que hacer
frente al problema; (c) el nivel de la medicina
asistencial; y (d) el nivel de los
grupos y centros de investigación sobre
quienes recae la responsabilidad de entender
la enfermedad y dar soluciones
eficaces.
Estos 4 niveles tienen que ser
asistidos por las administraciones del Estado,
cada cual según sus responsabilidades,
obligaciones y derechos para buscar
una solución global al problema.
La enfermedad de Alzheimer, desde
un punto de vista patológico, consiste en
la muerte prematura de las neuronas,
dando lugar a un trastorno de la memoria,
alteraciones de la conducta y discapacidad
progresiva, que acaba con la vida
de la persona en unos 10 a 12 años
después del inicio de los síntomas, en la
mayoría de los casos, aunque hay pacientes
que pueden vivir hasta 20 años con el
problema. Desde una perspectiva sociosanitaria
y epidemiológica, la enfermedad
de Alzheimer es la principal forma
de demencia y causa mayor de
edn iasncciaanops, acocn iun-ad praevdalencia
que progresa del 1-5% a los 60-65 años
hasta un 35-40% a los 80 años, afectando
a unos 25 millones de personas en el
mundo y a más de 500.000 personas en
España. Los costes por demencia oscilan
entre los 10.000 y 30.000 euros por paciente
y año, siendo un 85% de este coste
asumido por el paciente y su familia.
El Alzheimer es una enfermedad poligénica
y multifactorial, potencialmente
causada por el acúmulo de defectos genéticos
en nuestro genoma. Existen más
de 30 genes relacionados con el Alzheimer.
En unos pocos casos, menos del 5%,
la enfermedad se produce por mutacioes
específicas en un gen concreto; pero
en la mayoría de los casos, quizá más del
90%, lo que predispone a padecer la enfermedad
son asociaciones alélicas o
combinaciones de diferentes polimorfismos
o variantes genéticas, lo que hace
a unas personas más vulnerables. Cuantos
más genes estén afectados más pronto
se manifiesta la enfermedad y más nipido
es su curso. La alteración de determinados
genes provoca la acumulación
de proteínas tóxicas, como el
bqeta-amiloide ue se deposita en el cerebro contribuyendo
a la muerte neuronal prematura.
Otros mecanismos genéticos, como
la apoptosis, también pueden ser causa
de muerte neuronal programada. La expresión
de la enfermedad se potencia
cuando a la predisposición o susceptibilidad
genética se suman diversos factores
ambientales y problemas médicos, como
accidentes cerebrovasculares, traumatismos
craneoencefdlicos , hipedipemias,
hipertensión arterial, diabetes, hipotiroidismo,
cardiopatías, etc., que precipitan
o aceleran el curso de la enfermedad.
En
su expresión anatomopatológica clásica,
tal como la describió Alois Alzheimer en
1906, esta forma de demencia degenerativa
se caracteriza por la presencia de depósitos
de proteína beta-amiloide, alteraciones
en la estructura de
ym niceruortoúfhiula-mloesntos representados por
los ovillos neurofibrilares que expresan
degeneración del citoesqueleto neuronal
debido a la hiperfosforilación de las proteínas
tau que constituyen parte de las
estructuras filamentosas de la neurona,
la reducción de contactos sinópticos y
arborización dendrítica, y en definitiva
la muerte acelerada de las neuronas, junto
a un proceso de astrogliosis y proliferación
de la microglía en la vecindad de
las placas seniles en donde se acumula la
proteína beta-amiloicle .
Los síntomas suelen manifestarse a
partir de los 60 años, pero en realidad,
las neuronas de las personas predispuestas
empiezan a morir desde que el cerebro
deja de madurar a los 25-30 años,con lo cual disponemos de 30-40 años
para interceptar el curso de la enfermedad,
desde que el cerebro inicia su deterioro
hasta que aparecen los primeros
síntomas una vez que han muerto miles
de millones de neuronas.
Para el diagnóstico de demencia en
general y enfermedad de Alzheimer en
particular existen protocolos diagnósticos
establecidos a nivel internacional
en los que, junto a los síntomas clínicos,
caracterizados por el deterioro progresivo
de la memoria, el trastorno de conducta
y la discapacidad gradual para el
normal desenvolvimiento de la vida
diaria, que se evalúan con pruebas
psi-cométricas y neuropsicolágicas , se incorporan
técnicas de neuroimagen para
ver el grado de atrofia cerebral, mapas
de actividad del cerebro para detectar
deterioro funcional, técnicas para medir
el grado de perfusión y flujo sanguíneo
cerebral, determinados análisis que ayudan
al diagnóstico y excluyen otras enfermedades
que podrían simular una demencia,
y en los últimos años hemos incorporado
las técnicas de diagnóstico
molecular mediante el uso de marcadores
genéticos mutacionales o de susceptibilidad
que hoy pueden catalogarse
como el instrumento de apoyo diagnóstico
más fiable antemorrem o en vida
del paciente, puesto que la confirmación
diagnóstica acostumbraba a hacerse
postmortem, una vez que el paciente
fallecía. La ventaja del diagnóstico genético
es que además de ser la forma
más precisa de apoyo al diagnóstico clínico,
es el mejor instrumento para la
predicción de riesgo en aquellas personas
con historia de demencia en su familia.
En cualquier caso, lo importante
es realizar un diagnóstico precoz, una
vez que aparecen los primeros síntomas
de la enfermedad para poder intervenir
terapéuticamente. Con este protocolo
la fiabilidad diagnóstica supera el 98%.
Desde un punto de vista terapéutico,
en la farmacopea internacional tenemos
una media docena de fármacos potencialmente útiles, de los cuales cuatro están
disponibles en España. Los medicamentos
actuales no son curativos y suelen
mostrar cierta eficacia en un 20-30% de
los casos. Los más populares son los
Mili-bidores de la acetilcolinesterasa (tacrina,
donepezilo, rivastigmina, galantamina),
que representan la primera generación de
fármacos aritidemencia, desarrollados a
partir de 1980. Actualmente se están desarrollando
nuevas líneas terapéuticas
orientadas a limpiar los depósitos de proteína
beta-amiloide que se acumulan en
el cerebro o fármacos que impiden la formación
de estos depósitos.
Para ello se
emplean diversos procedimientos de vacunación
activa o pasiva y una nueva serie
de fármacos conocidos como los inhibidores
de beta-sacretasa. Otros fármacos
para el Alzheimer, aprobados en algunos
países de la Unión Europea, Japón y Estados
Unidos son la idebenona, con acción
antioxidante, y la rnemantina , un antagonista
NMDA con actividad
a,mnti-exci-totáxica recientemente aprobada en Europa.
La estrategia más eficaz evaluada
hasta la fecha es el tratamiento combinado,
administrando varios fármacos a la
vez para potenciar el efecto multifactorial
de la asociación farmacológica. Para el
tratamiento de los trastornos de conducta,
agitación, estados depresivos y trastornos
del sueño hay que administrar psicofármacos,
los cuales deben ser prescritos
con precaución, en dosis y combinaciones
adecuadas para no deteriorar funciones
cognitivas y evitar riesgos añadidos,
como caídas, deterioro de la marcha,
inestabilidad, somnolencia, etc.
En los últimos años se han puesto en
marcha diversos programas preventivos
en diferentes países. Posiblemente la estrategia
preventiva sea la forma más eficaz
de lucha contra el Alzheimer porque
cuando la enfermedad manifiesta sus primeros
síntomas ya han muerto muchas
neuronas esenciales para la memoria y la
regulación de la conducta, con lo cual es
improbable que una intervención postsintomática
sea capaz de restaurar la función
cerebral. Para prevenir el Alzheimer
hay que evitar que las neuronas mueran.
Para conseguir cierto nivel de prevención
antidegenerativa el gran desafío del
futuro consiste en identificar a la población
a riesgo mediante la predicción del
riesgo genético en estadios presintomáticos
e instaurar planes de prevención individualizados
basados en el conocimiento
genómico de cada persona a proteger y
en la prevención de aquellas patologías
específicas que pueden contribuir a dañar
nuestro cerebro y precipitar el deterioro
cognitivo que se asocia a la demencia.
Tanto desde un punto de vista presintomático
como postsincomácico , gran
parte del desarrollo farmacéutico futuro
se orientará hacia la farmacogenámicos ,
la cual se fundamenta en el diseño y caracterización
de medicamentos con los
cuales se puedan optimizar las respuestas
terapéuticas en base al perfil genómico
de cada individuo. En el caso concreto
del Alzheimer, ya hemos realizado los
primeros estudios farmnacogenámicos con
monoterapia y con tratamientos combinados
y hemos podido comprobar que la
respuesta terapéutica en estos pacientes
es genotipo-específica; es decir, el que un
paciente responda o no a un tratamiento
determinado depende de su perfil
yg deeln tipóo de giecneos que determinan
el riesgo del Alzheimer. Con la
fparmacogenámicos odemos optimizar la respuesta
terapéutica, eliminar efectos secundarios
e indeseables, mejorar la eficacia de
los medicamentos y reducir costes innecesarios
a la industria farmacéutica, al
Estado y a los ciudadanos.
Desde un punto de vista asistencial
debiera establecerse una política de acceso
a la prevención para la población a
riesgo, estandarizar los programas diagnósticos
para el establecimiento de un
diagnóstico precoz, acelerar la incorporación
de nuevos medicamentos neuroprotectores
a la farmacopea de todos los
países de la Unión, implementar programas
de neuro-rehabititación y
esti-muiaciómi psicosensorial que potencien
la acción de las intervenciones farmacológicas,
estimular la cultura de la asistencia
domiciliaria, profesionalizar los
centros de día y crear centros especializados
para un tratamiento integral de
los pacientes con demencia.
|