Estos y otros comentarios similares surgen
con demasiada frecuencia en el seno de
muchas familias que, sin esperarlo ni por
supuesto merecerlo, se ven obligados a sufrir
el tremendo impacto que supone el
diagnóstico de demencia senil o presenil
en la persona de un ser querido.Sea por el
Alzheimer o por cualquier otro mal que
deteriore sus funciones mentales, la persona
en cuestión deja de ser la misma. Su
personalidad cambia, su humor se altera,
su memoria se pierde, su capacidad de razonamiento
se distorsiona y, evidentemente,
resulta un caos en el sistema familiar
hasta entonces más o menos estabilizado.
LA DEMENCIA SENIL: UN DUELO FAMILIAR
Una serie de emociones y sentimientos
se revoluciona en todos los elementos
de la familia, lo que antes era cariño se
empieza a transformar en rencor y tensión
estresante. Lo que antes era comprensión,
diálogo y comunicación se convierte en
discusión, intolerancia e irritabilidad. Lo
que antes era paz y tranquilidad, ahora es
amargura, infelicidad y desesperanza.
Porque la vivencia de la familia allegada
y los seres queridos de un paciente
diagnosticado de demencia senil es bastante
terrible; sobre todo, al principio de
la enfermedad.
Es un proceso muy similar a la reacción
de duelo; ese conjunto de reacciones
anímicas y emocionales que acompañan
al ser humano cuando ha de enfrentarse a
la muerte y pérdida de un ser querido. Porque
cuando la demencia causa estragos en
el afectado es una especie de muerte en vida.
Sí, esté ahí y está vivo; pero no es él. «El que era mi padre, mi esposa o mi hermano
ya no esta ahí; es su cuerpo vivo, es
su imagen, pero no es su persona». Ya que
ha habido una variación tan radical en su
forma de ser y actuar que resulta un extraño
en el habitual intercambio afectivo.
Generalmente no alcanzamos a entender
lo que es realmente esta reacción
de duelo hasta que lo experimentamos en
propia carne.
De repente, y sin estar preparados, sufri
mos un golpe terrible en nuestro alma:
el diagnóstico clínico de algo irreversible.
Y a continuación, durante una larga temporada,
sentimos una serie de emociones
que nos asustan, sorprenden a veces e, indudablemente
nos hacen sufrir mucho. Y
este dolor supone un trauma psicológico
lo suficientemente importante como para
cambiarnos la vida.
Las emociones y los sentimientos son
la expresión que originamos como respuesta
al impacto que nos producen las
circunstancias que ocurren en nuestra vida.
Y este impacto/expresión es personal,
único e irrepetible; cada persona es un
mundo y vivencia sus sentimientos de una
forma peculiar e individual.
Es un error pensar que no pasa nada,
que todo tiene que ser como antes; porque
no es cierto. El auténtico duelo produce
cambios, a veces trascendentales en nuestra
vida. Cambios externos, porque la persona
demenciada ya no está con nosotros
como antes; pero también muy importantes
cambios internos, fruto del sufrimiento
y la reflexión consecuente.
La experiencia catastrófica de pérdida
genera unos sentimientos dolorosos que
perturban nuestra paz y tienden a anular
cualquier otro sentimiento positivo.
Y esto que sentimos es algo normal. Es
lógico (y no patológico) que suframos
cuando perdemos a un ser querido. Ni tiene
nada que ver con la depresión; al menos
con la depresiún como trastorno psiquiátrico.
Es cierto que el que atraviesa un duelo
está triste y llora; pero no es una depresión
lo que padece, es una etapa de duelo.
Hay una serie de reacciones sentimentales
mas o menos comunes a todas las personas que atraviesan un duelo. Y cuando éste no se complica y sigue un curso
natural se desarrolla en sucesivas fases o
etapas. Puede durar más o menos cada
una; y a veces se superponen, pero suelen
llevar esta secuencia:
1. Estupor
Aturdimiento e imposibilidad de
aceptar la realidad de lo que está ocurriendo.
Es un estado de shock psíquico
que embota la mente, que la enturbia,
anulando la conciencia de la realidad. La
desgracia se vive como un sueño, una mala
pesadilla de la que antes o después despertaremos.
2. Anhelo
Pensamientos obsesivos, búsqueda incesante
de soluciones, sentimiento de poderosa
angustia y ansiedad... Empezamos a
darnos cuenta de una realidad y no lo soportarnos.
3. Negación
«No es verdad, no puede ser, a mí no
me puede pasar esto...». Como un resorte
aparecen los mecanismos inconscientes
de defensa ante la angustia.
4. Rabia
Ira que se desarrolla a medida que se
toma conciencia de la realidad. Por la
frustración y la impotencia que la enfermedad
del ser querido nos produce: ¿Por
qué a mí? ¿Por qué todos siguen bien, siguen
su vida y yo no puedo?». Rabia y
hostilidad hacia quienes tratan de consolar,
hacia los implicados (médicos, etc.),
hacia el propio familiar con demencia, hacia
sí mismo (autorreproches) acompañada
de profundos sentimientos de culpa.
5. Desesperanza
Rendimiento ante la búsqueda inútil de
una curación milagrosa. Conciencia ya clara
de la realidad. Tristeza (no depresión),
sensación de soledad, de desorganización,
de desesperanza... «No tiene remedio».
6. Negociación
Recapacitación , búsqueda de equilibrio,
pequeños cambios y proyectos, intentos
para seguir adelante a pesar de la
carga que supone el proceso demencial.
7. Aceptación
Especie de tristeza serena, pero ya sin
angustia. Capacidad para recordar con cariño
lo que era aquel familiar antes de demenciarse,
pero va sin derrumbarse, sin
sufrimiento.
8. Reorganización
Se retoma la vida y surgen nuevas propuestas.
Reanudación de la actividad, establecimiento
de nuevas habilidades y roles
que llevan a la adaptación de la vida
cotidiana a la nueva situación. El pasado
no se olvida; queda en la memoria como
un buen recuero, pero ya sin efecto traumático.
Todas estas etapas suelen darse cuando
el duelo lleva un curso adecuado. A veces
duran más, a veces menos, a veces se solapan
o alteran un poco cl orden natural,
dependiendo de la persona y la coherencia
familiar preexistente. Y sobre todo, es
algo natural y normal. Todas estas reacciones,
por muy intensas que sean, son
normales; no patológicas.
Y lo más importante de todo: cuando
tiene lugar una desgracia de este tipo en
un ser querido hay que pasar por ellas. Para
que el duelo se supere y esté bien elaborado
hay que sufrirlas.
Alguien comparó el duelo a un túnel
por el cual hay que atravesar una zona de
oscuridad para poder alcanzar la luz. Los
que se detienen o vuelven atrás sólo prolongan
las tinieblas.
Pena, negación, rabia, culpa... son emociones
normales en el proceso del duelo. Y
hay que dejar que se expresen y liberen en
su justa medida. Sin tragárselas, sin represión.
Que salgan al exterior. Son como una
mala digestión que es preciso vomitar para
quedarse a gusto.
Si no se pudren y enquistan
en nuestro interior provocando «malos
rollos» psicológicos que antes o después van
a distorsionar nuestra existencia.
Podemos sentir pena. ¿Lloramos por el
afectado o por nosotros mismos al sentirnos
desvalidos y abandonados? «¿Qué será
ahora de él, que será de mi? Nos viene
el temor a que nos pase lo mismo, a la
propia demenciación . Nos angustia el futuro «no estoy preparado para esto y acabara
conmigo.
Podemos sentir culpa. Por creer no estar
haciendo lo suficiente o lo correcto,
por creer que no se siente el cariño que debería
sentir, por sentir a veces odio y malos
deseos hacia el familiar con demencia...
Todo es normal y no debemos avergonzarnos.
Al contrario: la forma de superar
todo eso es la expresión clara y llana de
todos esos sentimientos. La expresión sentimental
descubre muchas cosas de uno
mismo, purga nuestro interior y ayuda a
conocernos mejor. Descubre nuestras debilidades,
nuestras fortalezas y nuestros límites.
Si todo este conocimiento se aprovecha,
nos puede incitar al cambio, dándonos
cuenta de que sólo el presente, y no
el pasado, se puede cambiar. Y que el futuro
dependerá de los cambios que hagamos
en este presente para adaptarnos.
No queda más remedio que aceptar la
realidad de la pérdida: Separar, lo más claramente
posible «su demencia de mi
cor-dura. Encajar que el demenciado es quien
más ha perdido: la capacidad para razonar,
cosa que el cuidador, el familiar aún posee.
Para elaborar y asimilar todo esto, muchas
veces es precisa la ayuda y el asesoramiento
psicológico para no derrumbarse y
quedarse a medio camino. Por ello, tan
esencial como los cuidados que debe recibir
el enfermo de demencia lo son los apoyos
que pueda agenciarse quien ha de llevar
la carga cotidiana de su cuidado.
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